La pregunta de un usuario de Reddit en el subforo “r/escritura” llamó hace un tiempo mi atención. En ella reconocí la misma frustración que he escuchado manifestar más de una vez a mis alumnos:

No entiendo del todo la poesía. Me confunden los ritmos y las reglas. Sé que hay unos moldes, pero luego leo a Borges o a Pizarnik y no veo ese molde, pero sí que hay un ritmo en las palabras. ¿Cómo logran ese ritmo? ¿En qué se basan?

Lo que sigue es mi respuesta, que se la podría dar a cualquiera con las mismas dudas y miedos respecto a la creación e interpretación poética.


La poesía en sí misma no tiene nada que la haga difícil. De hecho, la historia de la literatura está repleta de poesía muy sencilla y fácil de entender. No hay que olvidar que existe toda una corriente de poesía popular en que los ritmos se adecúan a una música; el léxico, las metáforas y comparaciones son asequibles, y los temas y motivos, universales: el amor, el deseo, la melancolía, la muerte…

Creo que para empezar a entender la poesía debemos desprendernos de la concepción de poesía como género literario y pasar a concebirla como una forma marcada de la lengua. ¿En qué consiste esa “marca”? Básicamente en considerar la cadena fónica de una manera autónoma —que no independiente—. En poesía la cadena fónica adquiere un valor en sí misma. Así, por ejemplo, en su nivel más básico, el fin de verso, el “salto de línea”, en poesía no tiene por qué coincidir con una conclusión sintáctica, que marcamos con un signo de puntuación. Solo esa diferencia tan básica ya le sirve al poeta para crear efectos de armonía o tensión —a través, por ejemplo, del encabalgamiento—:

El viaje definitivo
… Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando; y se quedará mi huerto, con su verde árbol, y con su pozo blanco.
— Juan Ramón Jiménez

Fijémonos en el efecto rotundo que produce la pausa versal entre “pájaros” y “cantando”. El efecto es más intenso porque le sigue una construcción trimembre en el que sí que hay armonía entre la sintaxis y la cadena fónica. El paralelismo de los dos últimos sintagmas refuerza esa armonía. El “cantando” queda retumbando. La rima asonante “ao” en cada verso resuena como una letanía. Los recursos utilizados por Juan Ramón no oscurecen para nada el significado: todo se entiende perfectamente. Pero lo potencian de una manera única, con recursos únicos de la poesía. El lector no necesita entenderlos ni identificarlos: los siente.

La disciplina de la métrica ha estudiado tradicionalmente las formas de organizar las palabras en versos y estrofas, con rima y sin rima, para crear estructuras en que se percibe un orden y un ritmo. A partir de cierto momento algunos poetas empezaron a experimentar con expresiones en “verso libre”. En muchos casos ese “ritmo”, esa “cadencia”, procede ya no de la repetición de estructuras iguales como en la métrica tradicional, sino de secuencias similares y patrones, que suelen tener que ver, al menos en español y otras lenguas intensivas, básicamente con la extensión de los versos, la tensión de los encabalgamientos y la sucesión de átonas y tónicas.

Borges, por utilizar ejemplos de los que mencionaba el autor del post, utiliza en buena parte de su poesía versos y estrofas tradicionales como el soneto:

A Carlos XII
…Supiste que vencer o ser vencido son caras de un Azar indiferente, que no hay otra virtud que ser valiente…
— Jorge Luis Borges

También utiliza en muchos lugares el verso blanco:

Al idioma aleman
Mi destino es la lengua castellana, el bronce de Francisco de Quevedo, pero en la lenta noche caminada me exaltan otras músicas más íntimas…
— Jorge Luis Borges

Dominó también el verso libre. El verso libre casi siempre es más complejo de analizar porque es más versátil. Veámoslo con dos poemas en verso libre del mismo Borges:

España
… España de la otra guitarra, la desgarrada, no la humilde, la nuestra, España de los patios, España de la piedra piadosa de catedrales y santuarios, España de la hombría de bien y de la caudalosa amistad, España del inútil coraje…
— Jorge Luis Borges
Elogio de la sombra
La vejez (tal es el nombre que otros le dan) puede ser el tiempo de nuestra dicha. El animal ha muerto o casi ha muerto. Quedan el hombre y su alma. Vivo entre formas luminosas y vagas que no son aún la tiniebla. Buenos Aires, que antes se desgarraba en arrabales hacia la llanura incesante, ha vuelto a ser la Recoleta, el Retiro, las borrosas calles del Once y las precarias casas viejas que aún llamamos el Sur. Siempre en mi vida fueron demasiadas las cosas…
— Jorge Luis Borges

El primer poema tiene un tono épico. Eso lo logra básicamente a través de la repetición de la palabra “España” y de la estructura de los versos. El segundo, acorde al tema de la vejez, es más reposado. La pausa versal coincide en la mayoría de casos con pausa sintáctica fuerte. La extensión de los versos es más regular. Algunos versos son endecasílabos. El último es un alejandrino, lo cual le da una solemnidad reposada.

A cualquiera interesado en el tema le recomendaría empezar con un tratado de métrica escolar. La Métrica española de Antonio Quilis ha sido la introducción a la métrica de varias generaciones en España y con la que yo mismo adquirí los fundamentos. Allí aprenderá los fundamentos, que son muy básicos, del ritmo tradicional. A partir de ahí, el verso libre requiere de una mayor interpretación personal. En mi experiencia lectora fueron obras como La destrucción o el amor de Vicente Aleixandre que me ayudaron a construir esa capacidad de interpretación y sensibilidad de las sutilidades del verso libre, pero en español ha habido muchos otros maestros de la forma. Yo mismo experimenté con ella en La ciudad de las delicias.

En todo caso y para finalizar, creo que lo que he comentado son aspectos que interesan al creador y como mucho al teórico. Estoy convencido de que la poesía no requiere de nada de esto para sentirla ni entenderla: son procedimientos técnicos puestos al servicio de la expresión. Como no se necesita ser experto en pintura para que un buen cuadro te toque dentro.