Solo un prejuicio plantado muy dentro de mí puede hacerme entender cómo es posible que haya tardado tanto en leer Fortunata y Jacinta . No creo que haya escritor aficionado o profesional, aspirante a novelista o lector mínimamente exhaustivo, que no haya leído al menos algunos de los clásicos occidentales de la novela decimonónica, que no pocos consideran el cénit del género. Personalmente tengo una cierta predilección por la novela corta del siglo XX, pero Madame Bovary, Guerra y paz o la liminar Los Buddenbrook están entre mis lecturas preferidas de siempre. Quizá fuera el título, que no me parecía evocador. O quizá, como digo, un prejuicio plantado por algún profesor de literatura, que alguna vez pronunciara algo del tipo: el romanticismo y realismo español del siglo XIX no están al nivel de otras tradiciones literarias ni de otras épocas de la nuestra. En todo caso, Fortunata y Jacinta me parece a la altura de cualquiera de las anteriormente mencionadas. Como todo Galdós, además, la obra es un prodigio de estilo y ritmo, y un modelo de aprendizaje para cualquier escritor en español.
En novelas tan extensas y corales es normal que la estructura quede diluida y se adapte orgánicamente al desarrollo de las tramas. Pese a ello, hay algunos aspectos estructurales en Fortunata y Jacinta que me han llamado la atención. La obra comienza en forma de crónica, que se extiende durante seis capítulos, de las familias Santa Cruz y Arnaiz y, con ellas, del comercio de Madrid durante el siglo XIX. Galdós nos presenta así el contexto social, económico y familiar sobre el que se asientan los personajes que protagonizarán el relato. En mi concepción narrativa esas informaciones contextuales deberían emerger de la trama, creando un efecto de profundidad. La norma es clara: mucho mejor destilar la información, entrelazarla en la acción y desarrollo de los personajes, que contarla toda de golpe y de forma lineal. Y más al principio de la novela. Imagino que si tienes el talento de Galdós te lo puedes permitir: no puedo negar que es una parte de la novela que me encanta. Galdós consigue con el ritmo de su prosa, el ingenio de sus apuntes sociológicos y el sentido del humor, que me interese por la historia de unas familias que se hicieron ricas vendiendo trapos. Es célebre el pasaje sobre el mantón de Manila:
Sin dejar de lado lo estructural, me parece un recurso destacable como partes enteras de la novela focalizan en una de las dos mujeres protagonistas, dejando a la otra como una presencia en la sombra. La figura de Fortunata se presenta al principio a través de la evocación, la memoria y el prejuicio. El lector, junto a la propia Jacinta, que recibe la descripción sesgada de Juanito Santa Cruz, va pintando en su mente el personaje.
Luego nos ponemos durante buena parte de la narración en la piel de Fortunata, y la que sobrevuela sin aparecer es Jacinta, a la que empezamos a ver y juzgar desde la perspectiva opuesta.
Si el autor hubiera recurrido a una organización más convencional de la narración, con saltos constantes entre las líneas argumentales de una y otra, se hubiera perdido parte de estos efectos tan potentes de revisión de los personajes, cambios en las formas de interpretarlos, etc.
En el molde de la novela realista de la época, Galdós salpica la narración con comentarios sociológicos y políticos. De pensamientos profundos con tendencia al ingenio —muy en nuestra tradición—, son pocas las ocasiones en que dan la sensación de estar fuera de lugar y suelen estar justificados por la escena que se está contando en ese momento. Utiliza recursos clásicos para evitar la sensación de sermonear al lector: usar a un personaje para expresarlos, a menudo en diálogo y con contraste de ideas, incluso con cierta ridiculización.
En las descripciones hay un interés realista por el detalle. Subyace la idea de que las ropas, por ejemplo, o los interiores, describen una faceta crucial del personaje, pues lo sitúan en una clase social, una posición económica, un sistema de valores… En las descripciones físicas y morales prevalece la impresión. El trazo de Galdós es dinámico y vivo. Los personajes se presentan a fogonazos y luego ya los va desarrollando a través de sus acciones.
Encuentro una tendencia a la humorada para evitar caer en lo grandilocuente tanto en la conformación de los personajes como de las escenas. Imagino que en ello hay algo de temperamental, y del vitalismo de una ciudad como Madrid, pero encaja con nuestra tradición literaria, con nuestra preferencia por la tragicomedia. Lo cual no significa que en algunas ocasiones Galdós no sea capaz de desarrollar escenas realmente conmovedoras. La ausencia de sexualidad no es sorprendente por el contexto histórico, pero en una novela en que subyace tanto las pasiones no puedo evitar preguntarme qué escenas eróticas hubiera sido capaz de crear Galdós con su talento y facundia.
Las docenas de secundarios que aparecen en la mayoría de casos dejan su marca gracias a, como digo, la facilidad de Galdós para presentar personajes pintorescos y llenarlos de vida. Estupiñá con su incontinencia verbal y su lealtad incuestionable. Ido del Sagrario y sus accesos de locura. La personalidad arrolladora y emprendedora de la santa Guillermina Pacheco. El desgarbado y enfermizo Maximiliano Rubín, al que vemos hacerse hombre por amor y enloquecer también por lo mismo. Doña Lupe la de los pavos, que me resulta de los más fascinantes: cínica, honradísima, pragmática, controladora y con un amor posesivo pero sincero hacia su sobrino. Solo algunos pocos me dan la sensación de ser meros vehículos para expresar ideas, como es el caso de Juan Pablo Rubín.
Los integrantes del trío protagonista están dotados de una multidimensionalidad que los humaniza. La capacidad de Galdós para llenarlos de complejidad y hacerlos evolucionar los aleja de convertirse en personajes tipificados. Juanito Santa Cruz es el que menos cambia. Representa al burguesito ocioso, al que la vida le ha favorecido en todos los aspectos. Ante la manera en que trata a Jacinta y Fortunata, es fácil sentir antipatía por él. Y, sin embargo, cómo logra el autor que en sus momentos de debilidad, en sus arrepentimientos, en sus justificaciones, casi nos compadezcamos de él y lo perdonemos como hace tantas veces su esposa Jacinta. Cuántos adúlteros no se habrán sentido identificados con el amor sincero que siente hacia su esposa y esos deseos del cuerpo y del espíritu que no logra reprimir seguramente porque tampoco sabe por qué debería de hacerlo.
Fortunata representa a la Manola: es el símbolo de la belleza y gracia popular. Es la más víctima de todos, la que menos culpa tiene de nada de lo que sucede. A la desgracia personal de enamorarse del egoísta de Santa Cruz, que comparte con Jacinta, se le junta toda la injusticia social que cae sobre ella. En manos de otro autor el personaje correría el riesgo de convertirse en una figura casi trágica, en busca de la conmiseración fácil del lector. Pero Galdós nos la pone ante situaciones, en especial cómo trata a su marido, al que quiere querer y no puede, pero que muchas veces roza lo cruel, o en su indolencia ante la manera en que la trata Santa Cruz, que le dan volumen y la alejan del estereotipo.
Finalmente Jacinta. Para mí el personaje más blando, con su obsesión monotemática por tener un hijo, su bondad casi inquebrantable, su forma de perdonar una y otra vez a su marido y soportar su condescendencia. Durante la mayor parte de la novela, Galdós pinta a un ángel, como es definida en varias ocasiones. Un ser incorruptible, una mona del cielo. He de confesar que en algunos momentos llegué a sospechar que era idiota. Pero entonces don Benito nos la eleva al final, la dignifica y humaniza sin perder en ningún momento su áurea de perfección:
Donde Galdós muestra su faceta de genio, en fin, es en lo que, a mi juicio, además del estilo, constituye la virtud propia del novelista. Porque el novelista no es un filósofo, ni un psicólogo, ni un sociólogo, pero tiene como ninguno de ellos la capacidad de indagar en la naturaleza humana a través de la experimentación, del juego de poner a marionetas humanas a vivir en el sistema ficticio que ha creado. Y es en esas situaciones en que pone a sus personajes que Galdós demuestra una sensibilidad y una comprensión de la naturaleza humana que solo nos puede ser mostrada a través de los mecanismos propios de la narrativa. En ello, creo, no es segundo de nadie.