La ciudad de los prodigios (1986) es posiblemente la más “importante” de las obras de Eduardo Mendoza o, cuanto menos, junto A la verdad sobre el caso Savolta o El año del diluvio, una de las que tiene consideración de ’novela de peso’, frente a sus otros ‘divertimentos’, más ligeros en tono y vocación, pero no menos queridos y apreciados por el público. Las críticas en su momento fueron entusiastas, se le comparó con Dumas y con Joyce (¡!) y ha mantenido su posición desde entonces como uno de los títulos relevantes en cualquier historia de la novela española del último tercio del siglo XX. La novela es básicamente una crónica general de la ciudad de Barcelona entre las exposiciones universales de 1888 y de 1929. Cuando la revista Lire le otorgó en Francia el galardón a la novela del año, argumentó:
Este dimorfismo, mejor en su intención que en su ejecución, es para mí el rasgo más característico de la novela. Como cronista, Mendoza está genial. La ciudad de los prodigios es como una serie de artículos de la Wikipedia avant-la-lettre escritos con estilo, ingenio, comicidad y la licencia de la fantasía. De la acumulación de datos, de la información, Mendoza extrae una crónica amena, con derivaciones en lo cómico y lo lírico:
Es un docere delectando de vocación humanista y tono desenfadado. Es aprender la historia de Barcelona y, de paso, de parte de los acontecimientos de la época. Pero mejor: de forma más amena y estéticamente valiosa. Pero si La ciudad… es genial como crónica, resulta mediocre como novela. En la técnica Mendoza es siempre correctísimo. Parece muchas veces como salido de un curso de escritura creativa. En los retratos, por ejemplo, que son de base realista, pero tienden más a la expresividad que al naturalismo:
Mendoza tiende a crear personajes expresivos, algunos con rasgos de ’tipo’, pero casi ninguno llega a adquirir verdadero relieve. Tenemos al grandullón fiel, al guaperas elemental, a la esposa sumisa y religiosa, al pretendiente jorobado, etcétera, etcétera, pero en verdad ningún personaje llega a parecer algo medianamente humano. Todos tienen algo de marioneta, de cartón o, cambiando la metáfora, de esbozo rápido o de trazo grueso. Esa elección estética puede justificar cómo han sido construidos, pero a mí me parece que si los personajes-tipo, las máscaras expresivas o las deformaciones pueden funcionar en las comedias, en las fábulas o en sus novelitas paródicas, es difícil que logren soportar este dramón urbano generacional de centenares de páginas. El protagonista, Onofre Bouvila, funciona como tipo del arribista sin escrúpulos:
Pero más allá de la descripción, un personaje se define por sus palabras y sus acciones. Todo en él es tan excesivo que es imposible sentirlo. Sus peripecias se suceden con tanta velocidad y desmesura que no dejan nunca de evidenciar que son un recurso narrativo al servicio de la crónica general: el reparto de panfletos anarquistas, la venta de crecepelos, los trapicheos con mercancías de la exposición, las actividades del hampa, la especulación urbanística, la exportación ilegal de armamento, la producción en la industria cinematográfica (¡producción de guion incluida!), el comercio de antigüedades y joyas, la industria aeronáutica… Las conquistas mujeriegas. En todo tiene éxito. Las pocas veces que se acuerda de sentir algo, no me lo creo:
En general, creo que el mayor déficit estético es que Mendoza no armoniza el tiempo de la crónica con el tiempo de la novela; el de los grandes acontecimientos con el de la intrahistoria. La crónica se come a la novela, que nunca pasa de ser una sucesión de personajes y acciones desmedidas, que se cuentan rápido y casi nunca se sienten. Elaborar una escena no es realizar los retratos de los personajes que aparecen y un par de descripciones más o menos poéticas, con una técnica correcta, que podría servir de modelo a un curso de escritura:
Se trata de constituir un espacio, un tiempo, un tono, un estilo al servicio de la significación dramática particular. Mendoza es capaz de insertarnos en medio de una escena con la que se supone que quiere transmitir algo relacionado con la sumisión y la entrega, la posesión de poder y generosidad, una digresión sobre la progresiva ascensión del corte de la falda en los años veinte:
Tampoco ella pudo evitar un estremecimiento. Ya sé lo que va a pasar, pensó mientras seguía el mayordomo; quiera Dios que no pase nada más. Él la reconoció en el momento mismo en que la vio entrar en la biblioteca precedida del mayordomo, la recordó con una precisión alarmante, como si por virtud de su presencia los años que separaban aquel primer encuentro fugacísimo y este reencuentro de hoy aquí se hubieran comprimido telescópicamente, como si hubieran transcurrido solamente unos minutos, los instantes necesarios para que haya habido ahora esta noción retroactiva de ausencia dolorosa, apenas algo más que un sueño ligero, lo que en este momento parece haber sido mi vida entera, pensó. Ella dijo: Soy María Belltall.
—Sé muy bien quién es usted -dijo él-. Hace calor en esta habitación -añadió para combatir el silencio— siempre tengo la chimenea encendida; estuve enfermo hace unos meses y los médicos me obligan a cuidarme excesivamente. Siéntese y dígame a qué se debe su visita.
Ella eligió una silla tras una vacilación breve: como llevaba una falda muy corta la postura que habría tenido que adoptar en uno de los butacones de la biblioteca habría sido forzada y hasta ridícula. Por esas fechas, el ruedo de la falda, que se había despegado del empeine del zapato en 1916 para ir ascendiendo por la pantorrilla… Esa disminución de la longitud de la pantorrilla había producido cierto pánico en la industria textil…
Lo peor es cuando uno se da cuenta que la narración de esa anécdota histórica resulta mucho más interesante que la escena que se está desarrollando, porque los personajes, puro cartón, no me interesan lo más mínimo ni la escena logra producir ningún tipo de efecto. Sólo muy ocasionalmente me parece que logra Mendoza una mejor armonización:
De la calle llegó el estampido de un cañonazo. ¿Será posible que esto sea la revolución? pensó. Recordó los días lejanos en que anunciaba este acontecimiento entre los obreros de la Exposición Universal. Entonces era joven y paupérrimo y deseaba que todo lo que predecía no se cumpliera jamás; ahora era rico y se sentía viejo, pero no pudo evitar que un fogonazo de esperanza le iluminara el alma.
-¡Qué barbaridad! -exclamó el marqués—. Sitiados por turbas y yo con lo puesto… —clavó los ojos en la doncella que le servía el café; ella enrojeció y desvió la mirada—. ¿Puedes prestarme algo de dinero? —preguntó a Bouvila.
—Todo el que necesites —dijo éste—. ¿Para qué lo quieres?
—Para gratificar a esta deliciosa criatura —dijo el marqués señalando a la doncella con el pulgar—. Otrosí: te sugiero que la despidas hoy mismo.
—¿Por qué?
—Sosa en la cama —dijo el marqués.
Onofre Bouvila leyó la angustia más intensa en el rostro de la doncella. No debía tener más de quince años; acababa de llegar del pueblo, pero era fina de rasgos y de modales y por ello había sido destinada a servir a la mesa y no a faenas más toscas. Ahora sabía que si él hacía lo que le sugería el marqués no le cabrían más opciones que el burdel o la indigencia. […]
—En tal caso, esto es lo que vamos a hacer —dijo dirigiéndose al marqués: tú te ahorras la gratificación, puesto que no has quedado satisfecho; Odilia sigue en casa y yo le doblo el sueldo ¿qué te parece?
No lo hacía por generosidad, tampoco por cálculo, porque no creía en la gratitud humana: solo pretendía demostrar a su huésped que en su casa hacía lo que le daba la gana. El marqués y él se miraron fijamente a los ojos durante un rato. Al final el marqués estalló en una carcajada. Así transcurrió aquella semana que luego habría de recibir el calificativo de trágica. […] Al final, cansados de esta monotonía, enviaron una nota humorística al gobernador civil: Pon fin a esta situación, que se nos están acabando los puros, le decían. Fue una semana muy grata: en ella Onofre creyó haber recuperado los lazos incomparables de la amistad masculina. Ahora veía al marqués sentado a la mesa presidencial, junto a la zarina, y comprendía que todo había sido un sueño breve.
Si pasamos de la escena a la estructura de las acciones, a la urdimbre, tampoco me parece que la novela se eleve. De nuevo el carácter de crónica dificulta la concatenación de acontecimientos con un efecto especial. Mendoza domina técnicas narrativas como la anticipación o la recopilación, que crean tensión o ayudan a que el lector reordene la masa de personajes y acciones. Hay dos o tres deus ex machina que rozan lo ridículo. Un par de reconocimientos o anagnórisis sin mucho valor. Sin embargo, y más allá de esa en general corrección técnica, volvemos a lo mismo: las subtramas que en otras novelas pueden emocionarnos o llegarnos de alguna manera es aquí un poco difícil con una banda de personajes tan excesivos (tan ajenos, por cierto, al carácter mediterráneo de una ciudad como Barcelona). La brutal reacción contra el pretendiente de su esposa, la venganza gratuita contra el guapo Mostaza, la violación de xx, la conversión en estrella del cine, etc. Pero a veces los valores dramáticos se sustentan no tanto en sí mismos, como en su significación. Lo que pasa es que tampoco es que Mendoza sea un pensador profundo ni original. Su mayor cualidad es el ingenio, pero de eso nunca nos ha faltado en España: “entre nosotros el juego de ingenio no es una moda sino rasgo permanente del temperamento literario nacional”, escribió Cernuda en un sus Estudios sobre poesía española contemporánea. Cuando se pone profundo, resulta a veces un poco naif. Onofre es un señor que ha hecho cosas muy malas y en dos o tres ocasiones le dan ataques de arrepentimiento:
Las reflexiones sobre la finalidad de la existencia tienen más de ética de best-seller que de sincera reflexión filosófica. Casi siempre más interesantes son las reflexiones menos existenciales y más económicas y sociales que se extraen de la figura del arribista y su desorbitada peripecia vital.
La ciudad de los prodigios tiene de postmoderno que su idea es mucho más brillante que su ejecución; tiene mucho de Barcelona también, en que es más agradable si la ves de lejos que si te metes mucho en ella. Con unos personajes maniqueos, tipificados, con acciones formulescas, una trama desorbitada, unas reacciones inverosímiles, unos diálogos sin vida, unas escenas pobremente elaboradas y un pensamiento tópico e irrelevante, a mí me parece que La ciudad de los prodigios es básicamente una novela bastante pobre incrustada en una crónica genial.