El epigrama XIX de Calímaco me parece uno de los epitafios más bellos de toda la poesía griega, que es prácticamente lo mismo que decir, debido a la maestría que alcanzaran en el género, de la poesía occidental. Un epitafio es un texto sobre —επί— una tumba —τάφος—, independientemente de su vocación artística. Durante el helenismo se convirtió en un género propiamente literario y se cultivó con prodigalidad. Una comparación rápida con la mayoría de epitafios que podemos encontrar en la Antología palatina, la colección de epigramas de época bizantina, nos basta para reconocer el logro artístico de Calímaco con esta pieza brevísima.
Cuando se trata el tema de la muerte, no es fácil no caer en el patetismo o el estiramiento de la anécdota vital. Veamos, por ejemplo, el tratamiento del tema que se hace en el epigrama VII 467 de la Antología (651 en la edición de Gredos), también dedicado a un muchacho de doce años:
O el epitafio de Meleagro (VII 468 de la Antología) en el que el poeta, con menos maestría que Calímaco, deforma la emoción a través de la hipérbole: “incluso las piedras habrían gemido / al ver cómo los amigos llevaban tu cadáver”.
En contraste, la contención expresiva que logra Calímaco es conmovedora. Están presentes todos los elementos que conforman un epitafio: el nombre del difunto, su edad y su relación con quien ofrenda la tumba. Normalmente se expresa también la causa de la muerte, pero Calímaco la omite. Ante la muerte de un hijo, deja solo al padre con lo esencial: su dolor.

A pesar de su aparente sencillez, y precisamente por ella, es una pieza elaboradísima. El buen gusto de Calímaco, su elegante frialdad y su constante experimentación formal se manifiestan en este refinado ejercicio de contención expresiva. Quitando todo lo que sobra, deja solo la emoción. Es una obra maestra del minimalismo, del arte por substracción, en la que no sobra nada y con la que expresa así el intenso y contenido dolor de un padre ante la muerte de su hijo de doce años.
La obra de Calímaco está recogida en el volumen 33 de la Biblioteca clásica Gredos, pero es quizá una edición y una obra algo exigente para iniciarse. Sus epigramas son posiblemente la mejor manera de empezar a conocer a este poeta de dotes formales extraordinarias y gusto exquisito. Las traducciones y comentarios de la edición bilingüe de los epigramas por parte de Luis Alberto de Cuenca se pueden encontrar en los volúmenes 71-77 de Estudios clásicos y leer gratuitamente. Cualquier amante de la poesía encontrará en ese medio centenar de poemas breves muchos motivos de placer. En Soplos de eterna juventud recogí esta pequeña obra maestra en la cuarta sección junto a otros epitafios y poemas relacionados con sentimientos de pérdida.