¿Qué tendrá la Odisea para seguir fascinándonos? Posiblemente ninguna obra de la antigüedad clásica se siga leyendo tanto. Por mi experiencia como profesor, pocas obras grecorromanas siguen funcionado tan bien en clase —¿quizá las Metamorfosis de Ovidio?—. Qué decir, en fin, sobre su influencia en la historia de la narrativa occidental. Y en la cultura general. En este mismo 2026 nos espera una Odisea nada menos que del director Christopher Nolan, con un presupuesto de 250 millones de dolares. Y en 2024 pudimos ver la reinterpretación del clásico por parte de Uberto Passolini en El regreso de Ulises.

¿Será la aventura? El viaje de maravilla, con sus monstruos y personajes fantásticos, conmueve por igual la imaginación del niño, del adolescente que empieza a vivir y del adulto anclado en su rutina. O quizá sean las cualidades del protagonista. Algo que de cercano y humano percibimos en el taimado Ulises que no encontramos por igual en otros héroes. Aunque, si me he de inclinar por una causa que explique la pervivencia de la Odisea, esta sería, como en casi todos los grandes clásicos, su capacidad de reinterpretación. Esa cualidad que tienen algunas obras para tocar por igual y por diferentes razones a personas y épocas con sensibilidades muy diferentes. Esa capacidad, en fin, de hacerla nuestra.

Odiseo y Polifemo, Arnold Böcklin 1896 Odiseo y Polifemo de Arnold Böcklin, 1896

En el ámbito de la poesía dos reinterpretaciones de la epopeya de Odiseo destacan, me parece, sobre las demás: Ítaca de Cavafis y Ulises de Tennyson. Más allá de su indudable calidad, no pueden ser más diferentes en estilo y carácter.

Ítaca de Cavafis, una oda vitalista

Ítaca, escrito por Constantino Cavafis en 1911, es uno de los 154 poemas que constituyen el corpus canónico de su obra poética. Es su poema más conocido y un caso excepcional de poesía culta del siglo XX que ha penetrado en la cultura popular.

Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca desea que el camino sea largo, lleno de aventuras, lleno de conocimientos. A los lestrigones y a los cíclopes, al irritado Poseidón no temas, tales cosas en tu ruta nunca hallarás, si elevado se mantiene tu pensamiento, si una selecta emoción tu espíritu y tu cuerpo embarga. A los lestrigones y a los cíclopes, y al feroz Poseidón no encontrarás, si dentro de tu alma no los llevas, si tu alma no los yergue delante de ti.

Desea que el camino sea largo. Que sean muchas las mañanas de verano en que con cuánta dicha, con cuánta alegría entres a puertos nunca vistos; detente en mercados fenicios, y adquiere las bellas mercancías, ámbares y ébanos, marfiles y corales, y perfumes voluptuosos de toda clase, cuanto más abundantes puedas perfumes voluptuosos; anda a muchas ciudades Egipcias a aprender y aprender de los sabios.

Siempre en tu pensamiento ten a Ítaca. Llegar hasta allí es tu destino. Pero no apures tu viaje en absoluto. Mejor que muchos años dure: y viejo ya ancles en la isla, rico con cuanto ganaste en el camino, sin esperar que riquezas te dé Ítaca. Ítaca te dio el bello viaje. Sin ella no hubieras salido al camino. Otras cosas no tiene ya que darte. Y si pobre la encuentras, Ítaca no te ha engañado. Sabio así como llegaste a ser, con experiencia tanta, ya habrás comprendido las Ítacas qué es lo que significan.

— Traducción de Miguel Castillo Didier

No resulta difícil entender por qué este poema es capaz de llegar a tanta gente, incluso poco versada en poesía. No hace falta haberse leído la Odisea para identificar las referencias. La segunda persona de la voz poética convierte al lector en el propio héroe. Los elementos de la epopeya —Poseidón, los monstruos, la propia Ítaca…— aparecen como símbolos de ideas evidentes y universales: los peligros y dificultades de la vida, el viaje como destino en sí mismo… Las imágenes son luminosas. El mensaje es un llamamiento vitalista a buscar el placer y el conocimiento. Es probablemente el poema más optimista de Cavafis. No encontramos en Ítaca atisbo de la ironía ni del escepticismo de Esperando a los bárbaros. Tampoco de la redención estética de la existencia, consuelo último de vivir que parece inferirse en poemas como Orofernes o Reyes alejandrinos. Ni siquiera esa melancolía que envuelve casi toda su obra. Cavafis reinterpreta el viaje de Odiseo y lo convierte, en fin, en un llamamiento a aprovechar la vida.

El Ulises de Tennyson

Escrito en 1833, pero no publicado hasta 1842, la reinterpretación del héroe por parte del poeta victoriano me parece también en esencia un mensaje vitalista, si bien con más matices y más sutil:

De nada sirve que viva como un rey inútil junto a este hogar apagado, entre rocas estériles, el consorte de una anciana, inventando y decidiendo leyes arbitrarias para un pueblo bárbaro, que acumula, y duerme, y se alimenta, y no sabe quién soy. No encuentro descanso al no viajar; quiero beber la vida hasta las heces. Siempre he gozado mucho, he sufrido mucho, con quienes me amaban o en soledad; en la costa y cuando con veloces corrientes las constelaciones de la lluvia irritaban el mar oscuro. He llegado a ser famoso; pues siempre en camino, impulsado por un corazón hambriento, he visto y conocido mucho: las ciudades de los hombres y sus costumbres, climas, consejos y gobiernos, no siendo en ellas ignorado, sino siempre honrado en todas; y he bebido el placer del combate junto a mis iguales, allá lejos, en las resonantes llanuras de la lluviosa Troya. Formo parte de todo lo que he visto; y, sin embargo, toda experiencia es un arco a través del cual se vislumbra un mundo ignoto, cuyo horizonte huye una y otra vez cuando avanzo. ¡Qué fastidio es detenerse, terminar, oxidarse sin brillo, no resplandecer con el ejercicio! Como si respirar fuera la vida. Una vida sobre otra sería del todo insuficiente, y de la única que tengo me queda poco; pero cada hora me rescata del silencio eterno, añade algo, trae algo nuevo; y sería despreciable guardarme y cuidarme el tiempo de tres soles, y refrenar este espíritu ya viejo, pero que arde en el deseo de seguir aprendiendo, como se sigue a una estrella que cae, más allá del límite más extremo del pensamiento humano.

Éste es mi hijo, mi propio Telémaco, a quien dejo el cetro y esta isla. Lo quiero mucho; tiene el criterio para triunfar en esta labor, para civilizar con prudente paciencia a un pueblo rudo, y para llevarlos lentamente a que se sometan a lo que es útil y bueno. Es del todo impecable, dedicado completamente a los intereses comunes, y se puede confiar en que sea compasivo y cumpla los ritos con que se adora a los dioses tutelares cuando me haya ido. Él hace lo suyo, yo, lo mío.

Allí está el puerto; el barco extiende sus velas; allí llama el amplio y oscuro mar. Vosotros, mis marineros, almas que habéis trabajado y sufrido y pensado junto a mí, y que siempre tuvisteis una alegre bienvenida tanto para los truenos como para el día despejado, recibiéndolos con corazones libres e inteligencias libres, vosotros y yo hemos envejecido. La ancianidad tiene todavía su honra y su trabajo. La muerte lo acaba todo: pero algo antes del fin, alguna labor excelente y notable, todavía puede realizarse, no indigna de quienes compartieron el campo de batalla con los dioses. Las estrellas comienzan a brillar sobre las rocas: el largo día avanza hacia su fin; la lenta luna asciende; los hondos lamentos son ya de muchas voces. Venid, amigos míos. No es demasiado tarde para buscar un mundo nuevo. Zarpemos, y sentados en perfecto orden hiramos los resonantes survos, pues me propongo navegar más allá del poniente y el lugar en que se bañan todos los astros del occidente, hasta que muera. Es posible que las corrientes nos hundan y destruyan; es posible que demos con las Islas Venturosas, y veamos al gran Aquiles, a quien conocimos. A pesar de que mucho se ha perdido, queda mucho; y, a pesar de que no tenemos ahora el vigor que antaño movía la tierra y los cielos, lo que somos, somos: un espíritu ecuánime de corazones heroicos, debilitados por el tiempo y el destino, pero con una voluntad decidida a combatir, buscar, encontrar y no ceder.

— Trad. Randolph D. Pope

El poeta da voz a Ulises, que se expresa en primera persona, y al que hemos de imaginar asentado ya en el trono de su Ítaca, años después de los acontecimientos que se narran en el poema épico. Es un héroe asqueado, envejecido, convertido en administrador: “un rey inútil, el consorte de una anciana, inventando y decidiendo leyes arbitrarias para un pueblo bárbaro.” A pesar de lo extraordinario del personaje, qué fácil es para casi cualquier adulto de esta nuestra mediocridad contemporánea conectar con sus sentimientos: “¡Qué fastidio es detenerse, terminar, oxidarse sin brillo, no resplandecer con el ejercicio!”. Con un respeto del que se puede interpretar una ironía, se identifica a su hijo Telémaco con las tareas de gobierno, con las obligaciones cotidianas, necesarias pero en el fondo indignas de él. No hace falta ser viejo, basta con sentirse viejo —el propio Tennyson lo escribió con 24 años—, para participar del entusiasmo de la última estrofa. A diferencia de la reinterpretación cavafiana, hay aquí un vitalismo de héroe trágico, de resistencia mucho más que de aceptación. Hasta le entran ganas a uno de unirse al canto e incluirse entre los compañeros de Ulises y su anhelo de prevalecer: “Lo que somos, somos. Un mismo espíritu de corazones heroicos, debilitados por el tiempo y el destino, pero con la fuerte voluntad de combartir, buscar , encontrar y no ceder”.